En una nota escrita por la periodista Manuela Herzel en la Sección Sociedad del diario Clarín se daba a conocer sobre una encuesta de la UBA, donde se revelaba que el 32% de los jóvenes argentinos se iría a vivir a otro país.
El informe se tituló «Jóvenes: valores, política y democracia«, fue desarrollado en conjunto entre Pulsar UBA (uno de los observatorios que integra Igedeco, el instituto de la Facultad de Ciencias Económicas) y la Asociación Conciencia, y buscaba indagar sobre qué piensan y esperan los jóvenes de entre 16 y 19 años de su futuro.
En ese sentido y para hacer ver que no todo lo que brilla es oro a la hora de emprender un viaje buscando una mejor vida en el exterior del país, la periodista realizó un informe con testimonios de personas que no han tenido buenas experiencias y se encuentran buscando su lugar en el mundo.
Uno de los argentinos que contó su historia fue el ramallense Fausto Soma, hoy viviendo en Hungria, pero que la idea primaria era radicarse en Italia junto a su novia y trabas burocráticas o “de papeles”, se lo impidieron.
Fausto Soma Sprandini (32) y su novia viajaron a Italia en 2025 para hacer la ciudadanía italiana con las carpetas ya completadas, pero se vieron perjudicados por el decreto que emitió Giorgia Meloni pocos días antes de su arribo, pues limitaba el derecho a hijos y nietos de italianos (más adelante, ese decreto se convirtió en Ley).
Sus planes se fueron a pique apenas llegaron. “Si viajábamos una semana antes éramos italianos”, graficó Fausto a Clarín.
En su caso, la “etapa emocional” fue al revés: la primera emoción que apareció fue angustia. Convivieron con el estrés por saber que su visa de turistas vencía, que el gobierno español no respondía positivamente a su soggiorno (permanencia) y que no conseguían trabajo en España por su situación irregular.
Vivían entre casas de familiares sintiéndose incómodos con la situación de ocupar ese espacio y con la angustia por la sorpresa.
De Italia se mudaron a Hungría con una visa Working Holiday, el destino más económico que encontraron, limitados por su edad. Obtenerla tampoco fue fácil; debieron tramitarla desde Budapest.
Su primer trabajo fue como personal de seguridad en un supermercado. “Duré un solo día porque estuve más de 12 horas parado y no me dejaban sentarme”, recordó. Durante casi un año, fue rotando de trabajo prácticamente todos los meses, en una búsqueda constante por encontrar estabilidad. Cocinó, fue albañil, limpió departamentos turísticos y manejó aplanadoras.
Una de las mayores dificultades para Fausto es el idioma. Y es que el húngaro es famoso por ser uno de los idiomas más difíciles de aprender. “Tampoco sabía inglés, estaba muy frustrado por la situación vivida en Italia y tuve que hacer terapia para superarlo”, cuenta sobre la inesperada barrera del idioma que al día de hoy sigue afectando su inserción laboral en el país europeo.
“Ambos estábamos muy interesados en vivir en Italia, pero nos sentimos echados y denigrados por el país”, expresó. Hoy sigue esperando con cierta cautela que el tema de la ciudadanía mejore, pero reconoce que “Europa del este es otra cosa, es más difícil sentirse cómodo acá que en Italia”.








